Antonio, que vivía con su madre en Madrid y era huérfano de padre, ingresó en el Colegio de San Ildefonso el 6 de octubre de 1935, con siete años. “Como era el más pequeño de todos los alumnos, me correspondió acoplarme en la primera aula de las tres que componían la enseñanza”.
Aunque en los primeros tiempos sentía nostalgia de su familia, “hasta el domingo siguiente no salía para ver a mi madre y hermana”, y la cama “era tan alta que necesitaba de una banqueta de hierro para poder subirme”, su estancia durante los últimos meses de 1935 y el primer semestre de 1936 se desarrolló con normalidad.
La fama del colegio, al que entonces solo acudían niños huérfanos, era excelente. “La educación era muy amplia, salíamos bien preparados y recibíamos formación en mecanografía y taquigrafía, contabilidad, esgrima y muchas otras materias”. Antonio todavía recuerda a muchos de sus profesores, como Víctor García, al que todos los alumnos admiraban y respetaban, o al singular maestro Afrodisio, profesor de esgrima, que impartía clase con el bombín puesto.
Cuando terminó el curso escolar, Antonio volvió al domicilio de su madre. En aquellos momentos fue testigo de los primeros momentos del conflicto. “Me asomaba al balcón y veía pasar a los milicianos con monos azules y alpargatas, escopetas, banderas y vehículos con pintadas de la CNT y la FAI”. Antonio no entendía lo que estaba ocurriendo, pero la repentina actividad callejera le llenaba de curiosidad.
El verano de 1936 llegó a su fin y Antonio volvió al Colegio en septiembre, donde pasó a ser alumno veterano. Durante ese otoño de 1936 apenas salieron del Colegio, “un edificio que siempre fue bastante sombrío”. Además, el mal tiempo y los acontecimientos de la capital no eran propicios para continuar con las excursiones del año anterior. La guerra ya era una realidad, aunque demasiado compleja para la mente de un niño: “Era frecuente oír disparos por la noche, sin que yo entendiera bien lo que pasaba”.
Un día, los responsables del Colegio comunicaron a todos los familiares su intención de trasladar a sus 90 alumnos a Barcelona para eliminar el riesgo que se cernía sobre la capital. Casi todas las madres, impulsadas por el deseo de proteger a sus hijos, accedieron a esta separación porque además, si no lo hacían, tendrían que renunciar a la plaza en el Colegio. “Mi madre no podía desaprovechar esta oportunidad que tanto trabajo había costado conseguir en uno de los mejores centros de Madrid. Además, íbamos con todas las garantías, acompañados del Director y del personal del Colegio para atendernos.” Durante aquellos días todavía no se hablaba claramente de guerra, sino de “sublevación” o “revuelta”, por lo que todos pensaban estar de regreso en pocas semanas.
“Yo ya había cumplido nueve años cuando nos llevaron a todos los niños, cada uno con su taleguito en el que transportábamos la ropa y algunas pertenencias, a la Estación del Mediodía”. Hubo un intento fallido de salir por tren vía Zaragoza y, todos sentados en los asientos de un vagón, esperaron casi toda la noche a que la máquina se pusiera en marcha. “Como no partió y en aquellos años no existían los autobuses de ahora, a los pocos días nos llevaron en unos camiones hasta Valencia. Allí nos dieron de comer y posteriormente nos subieron de nuevo a un tren”.
Antonio recuerda perfectamente este viaje de Valencia a Barcelona. “Por primera vez contemplé kilómetros de naranjales, y a medida que el tren subía hacia Barcelona llegó a divisarse la costa a la altura de Tarragona. ¡El mar! Jamás lo había visto y contemplaba atónito el panorama”.
Su destino final era Barcelona, pero el tren nunca llegó a esta ciudad. Pararon en Vilanova i la Geltrú, y allí les llevaron de dos en dos –igual que caminaban siempre que se dirigían al Salón de Sorteos de la calle Montalbán– a un local que, años más tarde, Antonio se enteró que pertenecía a Esquerra Republicana. Debido al cambio de planes, se anunció en los tres cines de la población que habían llegado niños evacuados de Madrid e invitaron a los espectadores a hacerse cargo de ellos. “La espera no fue larga. Un joven llamado Jaume me invitó a irme con él y una vez cumplidos los trámites de identificación salimos a la plaza”. Antonio fue acogido por la familia Vila, compuesta por el propio Jaume, sus padres y su hermana. Allí se convirtió en “el nen de la casa” y comenzó una nueva vida.
La guerra apenas se notaba en Vilanova y las tiendas estaban bien surtidas; la vida transcurría apaciblemente y no faltaba el pan, los productos de la huerta ni la típica butifarra. Antonio recuerda esta etapa como una de las más felices de su vida: allí pudo disfrutar del mar y continuó asistiendo a las clases en un local del pueblo, impartidas por profesores del Colegio. Sin embargo, no todos los niños vivieron una experiencia como la suya: “No todas las familias de acogida eran iguales, y había niños que, por así decir, tenían un carácter más rebelde. Yo tuve la suerte de dar con unas personas excepcionales”.
Antonio se integró rápidamente en su nuevo entorno: a los tres meses ya hablaba catalán, en gran parte gracias a un vecino de su edad, al que llamaban Maginet. Entre juegos de pelota y canicas cada uno fue aprendiendo la lengua materna del otro, al tiempo que se divertían. La nueva familia de Antonio miraba con cariño los progresos y travesuras de los más pequeños.
La comunicación con sus familiares de Madrid no se interrumpió, pero se limitó a ser solo por correspondencia. Los nuevos cuidadores de Antonio le imponían la disciplina de contestar a las cartas de su madre, en las que no había noticia de la grave situación que se vivía en la capital, donde se sufrían muchas privaciones.
Con el paso de los meses, la guerra comenzó a complicarse. El río Ebro servía de frontera entre una y otra zona beligerante. En Madrid los bombardeos eran constantes, y en Barcelona también comenzaron los ataques aéreos procedentes de Palma de Mallorca. Vilanova también sufrió varios bombardeos. “Comenzaron a escasear los alimentos, y aquella revolución que iba a durar días o semanas se iba prolongando sin una solución clara”. En aquellos días, Jaume, que era para él como un hermano mayor, fue llamado a filas para incorporarse al frente de Aragón. Entonces Antonio, muy a su pesar, pasó a dormir solo en su habitación.
Las penalidades del conflicto se fueron trasladando poco a poco a la familia Vila. Como los alimentos empezaban a escasear, transformaron el bonito jardín de la casa en un huerto; con las hortalizas que recogían, la carne de algunos animales y las uvas de sus viñedos fueron sobreviviendo bastante bien hasta que llegó a pasarse verdadera necesidad. Las almortas o guixas, una legumbre parecida a las habas destinada a alimentar a los animales, pasó a ser el pan de cada día.
Llegó un momento en que reunieron a todos los niños de San Ildefonso en una masía llamada Solicrup, en las afueras de Vilanova, y la familia que había acogido a Antonio le dio la posibilidad de elegir entre irse con ellos o quedarse. Antonio, que no quería separarse de sus protectores, eligió lo segundo. Como ya no podía asistir a las clases “me llevaron a un colegio cuyo nombre era Lenin, donde asistía a clases en catalán”.
En el invierno de 1938 los nacionales iniciaron la conquista de Cataluña. Antonio recuerda que “la familia Vila, en su deseo de que no me sucediera nada, intentó que yo me reintegrara al colectivo de San Ildefonso que estaba en Solicrup”. Como ya no había plaza vacante, le ingresaron en otra colonia denominada “Can Chicarró”, también en las afueras de Vilanova. Antonio permaneció allí varios días, hasta que los niños fueron evacuados antes de la entrada de las tropas en Vilanova.
Antonio iba a ser refugiado en Francia, sin embargo durante el viaje el director del Colegio enfermó y tuvieron que detenerse en un pueblo llamado Arbucias, cerca de Figueres. “La ofensiva también llegó hasta allí. Estábamos refugiados en un edificio muy grande. Justo a la salida y cruzando la carretera había un puente sobre el río Ter que servía de entrada al pueblo. Un buen día, componentes de la brigada de Líster se personaron en el edificio para indicarnos que debíamos abandonarlo ya que se iba a proceder a la voladura del puente al día siguiente. En una cueva retirada oímos la detonación.”
“A las pocas horas del hundimiento del puente llegaron las tropas ‘nacionales’ en formación. Nos visitaron en el edificio y se informaron de quiénes éramos y qué hacíamos. Con los pocos víveres que habíamos traído de Vilanova y algún otro alimento que nos suministraban las autoridades locales íbamos sobreviviendo”.
Según recuerda Antonio, aquellos días entre enero y abril de 1939 fueron muy difíciles: “Mi familia de Vilanova hizo diversas gestiones para tratar de localizarme. Su preocupación fue muy grande y su pesadumbre enorme por no haberme retenido hasta el final”. Tras días de gestiones, los colegiales pudieron viajar, esta vez sí, a Barcelona para tomar allí un tren que les llevaría de regreso a Madrid.
El reingreso en el Colegio en septiembre de 1939 fue normal, pero “la vida cotidiana empezó a ser distinta. Se impuso una disciplina férrea, semejante a la instrucción militar, se izaba y arriaba la bandera y durante las comidas, después de rezar, no se oía ni una mosca”.
“Ignoro cómo se desarrolló la Lotería Nacional durante la Guerra Civil, pero sí sé que empecé a formar parte de los ensayos para reanudar la tarea encomendada a los niños de San Ildefonso”, recuerda Antonio. “Al igual que ocurre ahora, no todos los colegiales iban a los sorteos, sino que escogían a los más espabilados. Entonces solo se celebraban tres cada mes, los días 1, 15 y 25, aunque luego esto cambió. Yo participé en los sorteos de Navidad de 1939 a 1941, pero la verdad es que nunca saqué El Gordo... debía de estar gafado”.
Antonio ha mantenido siempre el contacto con los niños de San Ildefonso a través de la Asociación de ex alumnos, en la que continúa colaborando de forma muy activa. También, con el paso de los años, ha continuado creciendo su amistad con la familia que le acogió. Tanto es así, que Vilanova fue el lugar que eligieron él y su esposa como destino de su viaje de novios. “También, años después, asistimos a la boda del hijo de Jaume”.
Aprovechando su estancia allí, Antonio fue a hablar con el Alcalde, al que le contó la historia que él y sus compañeros habían vivido décadas atrás y le propuso organizar un Sorteo Extraordinario en la localidad como agradecimiento. “Le pareció muy bien la idea, y el Presidente de nuestra Asociación movió los hilos para que el Sorteo del Mar de 1993 se celebrase allí.” En él actuaron cinco niños y cinco mayores, estos últimos antiguos alumnos acogidos durante la guerra en Vilanova. “Allí, en la playa de Ribes Roges actuamos todos, los niños y los viejos; el Sorteo se retransmitió por televisión y el acto salió perfecto”, recuerda Antonio.
Antonio también guarda de forma muy especial el recuerdo de la dedicación y el cariño de los profesores de su infancia. “Sé que hay gente que reniega de su paso por el Colegio, pero para mí lo ha significado todo en la vida”. Siempre que se reúnen en la Asociación, las distintas promociones de ex alumnos sienten que un vínculo especial une a varias generaciones.
Para él, asistir al Colegio de San Ildefonso ha supuesto “la oportunidad de estudiar y también, aunque de forma accidental, la experiencia de vivir de los nueve a los doce años en una familia maravillosa” .