La historia de esta familia se ha mantenido siempre viva, gracias a las vivencias y relatos que han pasado de padres a hijos. La abuela de Valentín, Doña Juana, la primera mujer Administradora de Carmona, comenzó a contarle a su nieto en los años 60 muchos relatos que fueron alimentando una gran curiosidad por la historia de sus parientes, siempre unida a la Lotería.
Aunque en su casa había documentos y fotografías, Valentín no se conformó sólo con esto: quería conocer la historia desde el principio. Su afán investigador le llevó al Archivo Histórico Municipal, donde encontró un Acta Capitular en la que se hacía referencia a un tal Domingo Román, personaje que comenzó en 1808 a vender Lotería en Carmona. Tal como cuenta Valentín, la información que allí aparecía era bastante escueta, de carácter censal, útil para el conocimiento del lugar por las tropas de Napoleón. En ella queda constancia de la relación de personas que desempeñaban algún oficio en el momento, así como el nombre de la calle donde vivía el Administrador de la Lotería, tal vez uno de los primeros de España.
Es posible que el cargo gozara de cierta influencia en la época. En cualquier caso, Domingo Román, esgrimiendo la importancia de su cometido como administrador, se libró –tras meses de litigiosa correspondencia con la Junta Central– de su alistamiento en las milicias, algo muy difícil para la época, ya que sus filas se engrosaron con la mayoría de la población joven de la ciudad, formada para combatir contra una ocupación francesa que duró más de dos años y medio en Carmona.
A partir de 1818, el hilo de los acontecimientos continuó con dos Administradores más hasta llegar a 1831, año del nombramiento del joven D. Cristóbal de Medina y Cansino, el primer familiar de Valentín Pinaglia en el cargo, vinculado al Marquesado de Buenavista. Prueba de ello es el documento original de su nombramiento ante el notario de Carmona y todas las obligaciones de fianza que era necesario presentar ante el Ministerio de la Hacienda.
Todos estos documentos han pasado por las manos de Valentín, incluyendo la primera fianza que D. Cristóbal se vio en la obligación de presentar. Por ella siente especial cariño, ya que se trata de una fianza “muy simpática” de doce aranzadas de olivar. La aranzada era una medida agraria de la época y cada una de ellas albergaba 40 olivos. Aparte de la parcela, fue necesario añadir 10.000 reales de vellón, condición a la que el joven Administrador pudo hacer frente, ya que provenía de un entorno adinerado.
En el Registro de la Propiedad de Carmona, Valentín pudo ir cotejando toda la información con los documentos notariales que daban fe de las propiedades presentadas por su familia, desde D. Cristóbal hasta la época reciente. Las fianzas aumentaban más y más con el paso de los años y cada vez era preciso presentar más capital, haciendas o cortijos para no perder el cargo.
Pese a todas estas dificultades, el joven aristócrata conservó su puesto hasta 1868, en el que comunicó su renuncia a la Dirección General de Renta –el organismo encargado de fijar la fianza– por motivos de salud. Eran años difíciles, de crisis económica y política, en los que se sucedieron varias epidemias de cólera.
Debido al estilo de vida y personalidad de D. Cristóbal –altruista, viajero y soltero empedernido– no tuvo descendencia, por lo que durante unos veinte años, la Administración de Lotería de Carmona dejó de pertenecer a los miembros de esta familia.
Según las averiguaciones de Valentín, varios Administradores sucedieron a D. Cristóbal a partir de 1869, quienes también sufrieron los aumentos de las fianzas, y que, con mucha probabilidad, acabaron arruinándose.
A principios del siglo XX, y gracias a la mediación del carmonense D. José Ramón de Oya, entonces Director General del Tesoro Público, la figura del Administrador volvió a estar ligada con la familia de Valentín en la persona de su bisabuelo, el ganadero D. Francisco Gavira. También la reputación excelente de su antecesor y la del propio solicitante fueron decisivas para concederle dicha Administración.
En 1928, y ya bajo la titularidad de D. José, abuelo de Valentín, tocó el primer Gordo de la Lotería Nacional en Carmona. Este hecho está vinculado a una anécdota muy curiosa. La persona afortunada, D. Bernardo Enríquez Cerezo, solía viajar los sábados en tren a Sevilla. Uno de esos días, se olvidó de recoger la Lotería y el abuelo de Valentín envió a la estación a una persona de su confianza con los décimos. “Ya se lo pagaré a D. José en trigo”, le dijo D. Bernardo en ese momento, ignorando la suerte que le esperaba: un premio de dos millones de pesetas, una verdadera fortuna para la época. Como agradecimiento, obsequió a la ciudad con el famoso Teatro Cerezo, que todavía hoy permanece en Carmona, justo enfrente de la Administración actual. Después, la ciudad le homenajeó dedicándole una calle.
Todos los acontecimientos que sucedieron durante estos años y los posteriores, Valentín los fue conociendo por las respuestas que encontraba en su abuela. Hasta la posguerra no se despachaba la Lotería en el establecimiento, tal y como lo conocemos ahora. Doña Juana le contaba a su nieto: “tu abuelo se pasaba aquí más de media hora hablando con los Loteros que venían”, personas sin muchos recursos que antes se ganaban la vida con la venta ambulante de la Lotería. Acudían a la casa del Administrador a recoger los números y a arreglar las cuentas: por aquel entonces, quien ostentaba el cargo tenía poco contacto con el público. Esta práctica se mantuvo hasta después de la Guerra Civil, donde empezó a ser obligatorio disponer de un local para la Administración.
Valentín también acudió a las hemerotecas de Carmona y Sevilla para documentarse sobre todo lo referente a la Lotería y su ciudad. Consultó en los periódicos locales del siglo XIX y en los diarios nacionales y regionales, como “ABC” y “El Correo de Andalucía”, en busca de noticias interesantes y grandes premios. Posee documentación de todo lo acontecido en casi dos siglos, hasta el último Gordo que entregó, en 1988, cuando todavía era Titular su madre. Por eso, lanza un reto a aquel que conozca una Administración más veterana que la suya: “Si hay otra más antigua estupendo, pero hay que demostrarlo y citar las fuentes”.
Valentín siente mucha responsabilidad al haber heredado una profesión que se ha mantenido en su familia durante siglos. Para él, aconsejar y despachar a sus clientes es un ejercicio tan natural como respirar y le encanta. Muchas veces sus clientes logran sorprenderle: al parecer, hay bastantes jóvenes que coleccionan los décimos de la Lotería Nacional o también bisnietos que continúan jugando el mismo número que su predecesor. El vínculo familiar de la Lotería sigue vivo, aunque los tiempos han cambiado mucho.
Para Valentín una cosa está clara: la calidad de vida ha aumentado de manera increíble en los últimos años. Él recuerda que, no hace tanto, se jugaban los décimos a medias, y él tenía que apuntar los nombres de los jugadores y firmarlo por detrás. Pero no por ser amante de la historia se resiste a las innovaciones sino todo lo contrario. Se siente orgulloso de la Identidad Corporativa de su Establecimiento, de la pantalla del Canal LAE y se le ocurren muchas ideas para mejorarlo: “Me gustaría que tuviera sonido y que los clientes pudieran seguir el Sorteo de los sábados en la pantalla. También me han pedido que los grandes botes de EuroMillones aparezcan de forma más llamativa, en rojo y parpadeando”.
Este Administrador es un hombre que se implica, participa en una Hermandad y en la Peña “La Giraldilla” que organiza cada año la cabalgata de los Reyes Magos. “Estar vinculado con tantas Asociaciones revierte en beneficios para mi Administración”, nos comenta.
En su familia nunca ha tocado la Lotería, pero Valentín ha vendido muchos décimos premiados. Cuando repartió el último Gordo, se sintió como una madre que da a luz a su primer hijo y le temblaban las manos. Fue uno de los días más felices de su vida: hasta los afortunados quisieron sacarle a hombros de la Administración. Pero para él lo más importante fue “ver la emoción de las personas humildes, esos ojitos brillantes, compensa todo el trabajo”.
Como buen Administrador, se vale de algunos trucos para llevar bien su negocio. “El primero, llegar tempranito a la Administración, antes de las nueve, porque a mucha gente le gusta pasarse antes de ir al trabajo; el segundo, la honradez, y el tercero, la cercanía y el buen trato con la gente”.
Valentín está dispuesto a luchar para que la figura del Administrador no se pierda. En el futuro le encantaría trasladar el testigo a uno de sus hijos, para que el oficio de repartir ilusiones permanezca mucho tiempo en su familia.
En la ciudad de Carmona, a veinte y seis de Septiembre de mil ochocientos y treinta y uno, ante mí el infrascrito Escribano de S.M. vecino de la misma, y testigos que en su lugar se expresaron, parecieron Don José María de Medina, curador y legítimo administrador de la persona y bienes de su menor hijo D. Cristóbal de Medina y Cansino, D. Juan Bustos y Doña María del Carmen de Medina su mujer mis convecinos a quienes doy fe y conozco, y DIJERON:
Que el referido D.Cristóbal, según orden expedida por la Dirección General de Reales Loterías, en fecha del mes próximo pasado, ha sido agraciado interinamente con la Administración establecida en esta referida ciudad, vacante por salida de Don Manuel de San Pedro que antes la desempeñó.
La incorporación de la Lotería en nuestro país vino unida a la necesidad de organizar una red para su comercialización, una estructura que ha ido renovándose a lo largo de los años.
La Lotería llegó a España con el reinado de Carlos III. Este monarca la trajo de Italia, ya que antes había reinado en Nápoles y Sicilia. En 1763, pocos años después de su llegada a Madrid, comenzó la lotto italiana, a la que denominó “Lotería Real”.
Como esta Lotería constituía una novedad para el pueblo, fue necesario darla a conocer, explicando a los jugadores las distintas modalidades de apuestas. Esta labor quedaba en manos de los posteros (los que recibían “puestas” o apuestas) o Administradores de Loterías, como pasaron a llamarse después. Muchos de ellos eran de origen italiano, y para evitar posibles fraudes, la Dirección de Loterías los puso bajo su jurisdicción y recibían instrucciones precisas de cómo realizar su trabajo. Para tomar posesión de su cargo, era necesario que presentaran ante notario las propiedades con las que debían afianzar su concesión, quedando éstas como garantía de la Administración en caso de estafa.
Sin embargo, como los ingresos no eran los esperados, el Gobierno de Cádiz encargó a dos expertos una nueva forma de que los ingresos aumentasen rápidamente, volviendo a ilusionar al mismo tiempo a los compradores. Así, se propuso implantar la misma lotería que venía funcionando en las colonias mexicanas desde 1769 y que se llamó “Nacional” para diferenciarla de la anterior y así subrayar su significado patriótico. Las Cortes Constituyentes de Cádiz aprobaron esta nueva modalidad en noviembre de 1811, y el 4 de marzo de 1812 se celebró el primer Sorteo, quince días antes de la aprobación de “La Pepa”.
En el año 1817 ya funcionaban en España 497 Administraciones de Lotería, veinticinco en Madrid y cinco en Barcelona. Todas ellas correspondían a varones, salvo dos regentadas por mujeres: una en Murcia y otra en Barcelona. Con mucha probabilidad, gran parte de las Administraciones de la época se encontraban en el sur de España, coincidiendo con los primeros territorios liberados de la reciente invasión napoleónica.
A mediados del siglo XIX se intentó reorganizar la Red de Ventas reconvirtiendo a los que eran meros expendedores en agentes comerciales, proporcionándoles ciertas garantías de empleo y una carrera profesional. Las Administraciones de Lotería se dividieron en dos clases según la recaudación, a las que se podía aspirar según méritos y experiencia. Con ello se dio un cambio de rumbo en la gestión y se favoreció la profesionalización y estabilidad de los Administradores.
”En los años 40, un café en el bar duraba varias horas”, recuerda José María. No es extraño que, dada la situación, su padre tuviera que ofrecer algo diferente y ameno para animar el negocio. En aquellos años, ese nuevo entretenimiento era La Quiniela, un juego que surgió a raiz de la popularidad del fútbol y que el Estado, a través de un Patronato, empezó a gestionar en 1946, destinando el 45% de las ventas a la Beneficencia Pública.
A pesar de las dificultades y de que “nadie tenía un duro”, José María recuerda aquella época, la de su infancia y juventud, con mucho cariño. Ya de pequeño ayudaba a su padre en el bar, donde trabajaban por turnos y solo cerraban unas pocas horas por la noche. Las vacaciones no existían: “Por Navidad cerrábamos a las tres de la tarde, comíamos en familia dentro del bar y a las seis volvíamos a abrir. Aquello era lo normal entonces”.
Muchas cosas que hoy nos sorprenden, entonces eran habituales. Los clientes del bar el “Neutral” encontraban entre sus paredes un segundo hogar y se pasaban allí tardes enteras. Al igual que la vida, La Quiniela también era distinta. José María cuenta que en los primeros años de posguerra se obtenía muy poca recaudación, porque la gente vivía con lo justo. En esos años sin televisión, se seguía la actualidad de los partidos por la radio, escuchando el “Carrusel Deportivo”, al principio había que acertar el número de goles, se apostaba en grupos de amigos y se rellenaban un par de columnas nada más: “No había dinero, pero si afición de rellenar una quinielita todos los domingos”.
Antiguamente, venían a recoger la liquidación pero años después, cada vendedor tenía que entregarla en la Delegación correspondiente. De esta tarea siempre se encargaba José María. Todas las semanas llevaba los boletos a la Casa de la Caridad, donde se hacía el escrutinio, convertido hoy en el Centro de Cultura Contemporánea. En este recorrido, José María se topaba a veces con las manifestaciones de los estudiantes, y tenía que esquivar las pedradas que los jóvenes lanzaban a la policía. Después, se montaba en el tranvía hasta llegar a la Delegación en la Plaza de la Catedral, donde se liquidaban las cuentas.
“Todos los cálculos se hacían a mano y era muy fácil equivocarse”: José María y su padre repasaban juntos las cuentas y tenían que prestar atención para no confundirse con las operaciones, ni con los sellos, ya que había tres diferentes. “Ahora es más sencillo, las nuevas tecnologías nos facilitan mucho la gestión y la venta”.
En este bar se vive La Quiniela: allí se aconseja al que no sabe y, entre el corrillo de los entendidos, todas las posibilidades se discuten con pasión. José María recopila también “lectura” para sus clientes: “Al igual que un restaurante ofrece una carta, yo tengo disponible un menú para La Quiniela”: un compendio de las noticias y pronósticos más útiles, como los del “El Periódico de Catalunya”. “Ahora la gente está mucho más informada, pero antes había que explicarlo todo”. También, durante los años 70, organizó una Peña en la que todas las probabilidades se calculaban manualmente, sin contar con la ayuda de los programas informáticos actuales.
Asiduos de toda la vida y turistas son, básicamente, los moradores de el “Neutral”. Un bar en el que el contacto con la gente es primordial para que los habituales se sientan como en casa, como le gusta a su dueño. Él sigue jugando con sus amigos y su familia, y estudian bien las combinaciones para asegurarse, al menos, los diez aciertos; el resto, muchas veces, depende de la suerte. Confiesa que es del Barça, aunque no se considera un forofo del fútbol sino de las quinielas: “Me gusta más La Quiniela que el fútbol”, asegura.
En cualquier caso, José María se siente orgulloso de que sus clientes sigan confiando en él para todo y que en su local se disfrute todavía del mismo ambiente de cordialidad. En una de las paredes del bar, a la vista de todos, tiene colgada la placa que le dedicaron a su padre con motivo del 60o Aniversario de La Quiniela. Un sencillo homenaje a un verdadero amante de La Quiniela, vinculado a su historia desde el primer día.
”Presenté la solicitud porque me gustaba la idea de ser independiente, y prefería tener algo propio a quedarme en el Establecimiento de mi madre”, así explica Rocío sus razones para presentarse al concurso que ganó en septiembre del año pasado.
Aunque ya conocía el negocio de las Loterías, antes de abrir su Establecimiento asistió a un curso en la Delegación para conocer en profundidad el funcionamiento de una Administración. Como al principio le costaba memorizar en qué días se podía apostar a cada Juego, recurrió a uno de los trucos más útiles del estudiante: hacerse una chuleta. Así, con su particular calendario pudo superar con éxito algunas de las preguntas de sus primeros clientes.
Cada mañana, Rocío llega con tiempo al Centro Comercial y se toma un café con sus vecinas. Enseguida abre su Establecimiento, enciende los Terminales, coloca todos los carteles a la vista del público y se pone a vender. Normalmente, conoce a la gente que entra en su local y muchas veces son los propios trabajadores del Centro los que aprovechan unos minutos libres para comprar y apostar.
Ella nota algunas diferencias con el Establecimiento de su madre: “Al encontrarnos en un Centro Comercial, la gente viene más mentalizada a comprar e intentan adquirir todo lo que necesitan en un solo viaje”. También los clientes varían: sus habituales son gente del pueblo, aunque también encuentra a algunos turistas, que suelen adquirir los Juegos que ya conocen. “Les gusta, sobre todo, jugar a EuroMillones y como algunos son aficionados a las carreras de caballos, también a la Apuesta Hípica”.
Aunque Rocío todavía es principiante, no descuida ninguno de los detalles de una Administración. Tampoco ha renunciado a una de las peculiaridades más populares de un Establecimiento: el amuleto de la suerte. En la entrada, tiene sobre un pedestal una reproducción hecha a escala de un fajo de billetes de 500 euros. “Al igual que otros tienen una brujita, nosotros hemos aprovechado el dicho de ‘dinero llama a dinero’ para atraer a la suerte”. Como ya se ha corrido la voz, casi todos los compradores frotan su décimo o su boleto en este montón de dinero gigante, esperando que un día la fortuna les sorprenda .
También a la hermana de su madre le asignaron en su día la central de teléfonos, a la que acudía todo el pueblo a llamar. En esos años difíciles de posguerra, su madre también dio clases nocturnas a las personas que no sabían leer ni escribir: todos los esfuerzos eran necesarios para salir adelante.
Afortunadamente, la situación económica ha cambiado, y hoy Cañamero es un pueblo bien comunicado y con todos los servicios, entre los que no podía faltar un Establecimiento Receptor. A la entrada del estanco de Mª Pilar, en el lugar que antes ocupaba una estantería con regalos, luce ahora impecable el recién estrenado Rincón de los Juegos.
Los habitantes del pueblo están encantados con la novedad, porque antes tenían que viajar expresamente a Logrosán –un pueblo situado a ocho kilómetros– para hacer sus apuestas. Por eso, cuando se publicó el concurso, le insistieron mucho para que se presentara, ya que reunía buenas cualidades: la excelente ubicación de su estanco, próximo a comercios y entidades bancarias y lo más importante, la buena relación de la propietaria con todos los vecinos del pueblo. “La gente nos decía a mi marido y a mí que nos lo tenían que dar a nosotros, y así fue”.
Durante este breve tiempo, Mª Pilar asegura que no ha tenido ningún problema: “Lo hemos ido solucionando todo sobre la marcha”. Tanto es así, que la Delegada de Cáceres les llamó un día extrañada porque todavía no le habían consultado ninguna duda. Aunque parezca increíble, hasta el momento han sabido resolver todas las dificultades sin necesidad de pedir ayuda.
Normalmente, ella gobierna sola su negocio, aunque a veces le echa una mano su marido Antonio, ya jubilado. Le encantaría repartir un gran premio, ya que le daría mucha más popularidad a su Establecimiento: hasta ahora su récord se encuentra en un premio de 3.800 euros de La Primitiva que correspondió a un agricultor de la zona.
A los cañameranos les gusta jugar, sobre todo, a la Lotería Primitiva y al EuroMillones, cuando acumulan un gran bote; normalmente, se pasan los lunes por el estanco y ya compran para toda la semana. En ocasiones, Mª Pilar tiene que aclararles el funcionamiento: “A veces me piden que les eche dos euros a un Juego y entonces tengo que explicarles cuántas columnas les corresponden por ese dinero”. Pero la mayoría trae ya los boletos rellenos. “Para nosotros es mejor, porque si tenemos que hacerla manualmente en la máquina, perdemos más tiempo”.
En este pueblo cacereño de 1.800 habitantes, todos la conocen. Incluso llegan a su estanco clientes de otras poblaciones en las que no hay Puntos de Venta. Su Establecimiento no tiene pérdida, pero si el forastero se desorienta, solo tiene que preguntar por “Pilar, la del estanco” para que cualquier vecino le indique el camino.