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Firmas: Mari Carmen Izquierdo

“La vida sería diferente sin la Quiniela”

A las Apuestas Mutuas Deportivo-Benéficas en realidad nunca las llamaron así. Fueron siempre “Quinielas”. Las Quinielas, desde el principio de los tiempos, fueron para el siglo, es decir, nacieron, el 22 de septiembre de 1946. Millones de españoles son coetáneos con esta apuesta mínima, familiar, colectiva y necesaria ya. La vida sería diferente sin ella.

Los primeros “boletos” –otra preciosa palabra, como muchas que atesora el invento– estaban compuestos por siete partidos y su precio era de dos pesetas. Yo no había nacido aún. Soy ya de la quinta de los catorce resultados, con el 1-X-2, sellados en un bar de mi pueblo y enviados a Madrid en el “coche de línea”. A mi padre lo recuerdo como un gran aficionado al fútbol, y por tanto a uno de sus productos, que eso es también La Quiniela. Nunca triunfó en el asunto. Mi madre, que aun hoy no sabe exactamente cuántos jugadores intervienen en un partido (“bastantes”, según ella) acertaba más resultados, sistemáticamente y recurriendo quizá a la conocida “intuición femenina” que yo no heredé. Mi padre sí me transmitió su afición. Ésta me llevó a estudiar periodismo, a hacer mis primeras prácticas en “As”, trabajar en “Marca” y en Televisión Española, siempre en “deportes”, o sea, en fútbol mayormente. Presentaba, allá por los años 70, los deportes en el Telediario, con la televisión en blanco y negro. Los domingos era información obligada La Quiniela. Se confeccionaba de forma “artesana”; rótulos hechos con “Letraset” y un panel que recorría el objetivo de la cámara y mi voz en “off” leyendo los resultados. Sin imágenes que acompañasen a tan espartana información. Hasta el siguiente día, en el Telediario de las 9, los apostantes ganadores no sabían cuánto les correspondía. Los perdedores –yo incluida– lo sabíamos de inmediato un día antes. El “escrutinio” –otra palabra del acervo cultural quinielístico– actualmente es instantáneo. Antes se tardaba 24 horas, cuando menos. Yo, a veces, para cumplir con esa información vital, perseguía literalmente al responsable del escrutinio, un tal Sr. Ollero, para que me adelantara las cifras mágicas.

Hoy, no podría ser de otra manera, todo es inmediato. Se juegan millones de euros, millones de columnas, con método directo, reducido o condicionado. Existe el “Pleno al 15”. Se puede, cómo no, apostar por Internet. Y confiar a la máquina impresora del boleto, la misión mágica de predecir los resultados y hacernos el trabajo de rellenar las casillas, más llevadero y azaroso.

A pesar de la revolución tecnológica, no se ha perdido la esencia del invento, en cuya génesis intervinieron un periodista –Julio Cueto– y un militar, el general Roldán. Lo importaron, en su desarrollo básico, de otros países. La Quiniela está trufada ya de anécdotas, no todas comprobadas pero sí históricas. Está el famoso boleto de Gabino, en 1968; el premio fue una fortuna inmensa. Al parecer Gabino sigue viviendo del campo, jubilado y con mucho para contar. En 1967 un boleto a nombre de Francisco Franco, con 12 aciertos, ganó 2.838 pesetas. Nunca se aclaró a qué se dedicaba y quién era exactamente este Don Francisco, pero se dice que el por entonces Jefe del Estado era un aficionado fiel al boleto semanal. Se supone que irían, respetuosamente, a sellárselo a su despacho de El Pardo.

Ayer, como hoy, las Quinielas han supuesto un gran apoyo para el desarrollo del deporte en este país, a través de las cantidades destinadas a las Diputaciones Provinciales, a la Liga de Fútbol y a su plan de saneamiento. Financiaron parte del Mundial del 82 y los Juegos de Barcelona. LAE (Loterías y Apuestas del Estado), nombre actual del organismo rector de las quinielas, es empresa patrocinadora de ADO, el programa que busca los recursos para la preparación de los deportistas españoles que van a los Juegos Olímpicos.

Si de algo estoy segura en el futuro es en el del boleto por antonomasia. Tendrá una larga, larguísima vida, como la tienen las ilusiones colectivas y cotidianas. Por sencillas que sean.